Qué cagada. Nos abrimos, abrimos las puertas de nuestras casas, hablamos de todo, sin tapujos.
Nos encantaba escuchar sus historias, llenas de sacrificio (del verdadero), pasión por la cocina, viajes, culturas. Y aun así, creíamos que conservaba la esencia del buen tipo, de esos íntegros, de principios inquebrantables.
Pero parece que es cierto: para conocer a alguien verdaderamente, hay que comer una bolsa de sal. (Dicen...)
En menos de diez días, se vino todo abajo.
Lo vimos humillar a parte del equipo. Convertirse en el sorete más soberbio que existe. Botonear todo lo que habíamos hablado.
Un desastre. Sentirnos usadas, manipuladas.
El error es nuestro, por seguir siendo ingenuas. Aun conociendo el paño!!
Qué turbio es el mundillo gastronómico, lleno de egos, competencia desleal, puterío...
Definitivamente, tenemos que armar una coraza, dedicarnos a laburar y ya.
Ni da sentir todo esto.
Sos un desastre. Sos un ser resentido, que le encanta dar lástima.
Pero nos consuela saber que toooooodo vuelve.
(Y saber que sos un fucking infeliz también, me cabe).
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